Angustia
Los primeros rayos del día se filtraron por la ventana despertándolo. Se revolvió entre las mantas intentando volver a coger el sueño, pero un par de golpes en la puerta le indicó que ya no había más tiempo para dormir.
—En media tienes que estar listo –dijo alguien tras la puerta–. Hoy comenzarás a entrenar con Mioko.
Sai tragó saliva con dificultad mientras notaba como el hambre iba siendo reemplazado por un nudo en su estómago. Aquella mujer no le gustaba para nada, y mucho menos sus entrenamientos. Era cierto que jamás había entrenado con ella aún, pero su duro aspecto y su gélida mirada no contribuían a tener una buena imagen de ella. Yuito recordó la vez que se retrasó en ir a su entrenamiento de puntería por la tarde.
Corría tan rápido como sus pequeñas piernas le permitían por los pasillos. Ya llevaba casi un retraso de media hora y no quería desperdiciar la hora y media que aún le quedaba de entrenamiento. No es que le gustase especialmente pasarse dos horas lanzando kunais y senbons, pero era una de las pocas veces que podían estar solos al aire libre.
Se precipitó en bajar las escaleras y coger el pasillo de la derecha. Entonces se quedó paralizado.
La puerta de madera de la sala de entrenamiento de taijutsu se había abierto. Una niña no mucho mayor que él salió cojeando y apretando contra su estómago una tela blanca que se iba volviendo rojiza. A los oídos de Yuito llegaban unos sollozos casi inaudibles, una muestra de dolor reprimido.
Entonces, una mujer ataviada con un kimono negro salió de la sala. Su cabellera rojiza parecían llamas con vida propia flotando sobre su cabeza.
–Hikari –siseó con dureza la mujer. La niña giro sobre sus talones con una mueca de impaciencia. – Tus lloros no hacen más que confirmar tu incompetencia. Eres débil, Hikari, has de deshacerte de esa compasión. Esta vez he parado el entrenamiento, pero no habrá una próxima vez. Si no tienes el valor suficiente como para herir a tu adversario dejaré que lo encuentres en tu propio dolor físico. Quizá así aprendas que no debe importarte la vida de tu oponente, lo mismo que la tuya no vale nada para él.
—Como quiera, Mioko-sensei –Hikari se quedo mirando fijamente al suelo, con la cabeza gacha. Parecía que cada vez la costase más respirar.
La mujer murmuró algo más, pero Sai no fue capaz de entenderlo. Entonces la niña continuó con su camino perdiéndose por el largo pasillo. La mujer se quedó observándola hasta que torció a la izquierda y se perdió de su vista. Después volvió a meterse dentro de la estancia, pero antes clavó su mirada en las escaleras.
Sai se pegó contra la pared y cerró los ojos deseando que no lo hubiese visto. Su pecho no paraba de subir y bajar a un ritmo desenfrenado, retumbando los latidos en su cabeza. Aquella mujer lo había aterrorizado como no había hecho nadie desde que estaba allí.
Sai tragó saliva y se apartó el sudor de la frente. Aferró el pomo de la puerta con la mano temblorosa y, apretando los ojos, se dispuso a entrar a la sala de taijutsu.
